lunes, 29 de abril de 2013

Con la música llegarás a donde tú quieras

Y ahí llegábamos cada día a nuestras clases, desde cada punto de la ciudad, cada uno unos zapatos, que iban de azul marino a rojo, pasando por verde y magenta. Pero una vez llegados allí  no existían las diferencias; y si las encontrábamos, desaparecían con un soplido, un movimiento de llaves, al compás de las melodías de los libros de entonación . Al principio, muchos no entendíamos que nos llevaba cada día a ese sitio, con el tiempo, entendimos que allí las personas eran distintas, incluso, nos atreveríamos a decir, que especiales. Nuestro mundo se concentraba en aquellas cuatro paredes de aulas "insonorizadas" por dos puertas; allí decidimos que podíamos ser nosotros mismos, y que nadie nos juzgaría por ello; que poco a poco, la familia iba creciendo, unos se iban, otros permanecían  pero de vez en cuando volvían de visita, para no olvidarse de quien les enseño que para tocar en un concierto era conveniente vestir de color negro, que los días en que se concentraban más de diez personas en el auditorio era que la banda iba a sonar, no importaba si bien o mal, pero ahí estaban las sonrisas emocionadas, con sus zapatos de charol para ocasiones especiales y la camisa blanca que mamá acababa de plancharte. Que allí a la biblioteca no se va a estudiar, si no a hablar, y al minuto siguiente a mandar callar; y si nos escondemos bien, se acondiciona de comedor, la conserje paseándose con sus :"buenas tardes"; el cigarro de los profesores, y el café de los otros.
Nuestros sueños siguen, y permanecerán entre esas cuatro paredes, nuestras cuatro paredes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario