lunes, 13 de enero de 2014

Por encima de cualquier pero.

No es por no ser sincera, ni porque hace tiempo que descubrí que soy un poco rencorosa y no puedo evitar guardar lo que me ha hecho daño. No voy a decirte que te adoro, porque creo que es un cuento que ya te sabes; que veías mi cara de adoración cuando me leías por las noches; o las malas caras que convertías en sonrisas por las mañanas cuando me tapabas la cara hasta que decidía dejar de hacerme la dormida; la Pantera Rosa por las mañanas cuando te quedabas vagando por casa; o el bocadillo las tardes musicales. Que en mis cartas mentales tus frases se repiten constantemente como si de un disco rallado se tratase, y que nunca me cansaría de tus chistes malos sobre mis sarcasmos de adolescente. Lo que me miro en el espejo por las mañanas es lo que has hecho de mi a base de años, de daños, y de chocolate con churros las mañanas de los domingos. Que te voy a decir a ti que te ríes cuando me enfado, asegurando que volveré a caer en el mismo agujero de siempre, y siempre vuelves a recogerme cuando vuelvo a decidir que me tengo que levantar. Pero preciosamente por todo lo que se cuenta, y por todas las sonrisas que se guardan en un cajón; busque siempre tus miradas de aceptación como si el mundo se parara si a ti no te parecía bien. Y creo que sigo con mi vicio incansable de volver a ser pequeña, porque entonces era más yo, y tu eras más tú cuando estaba contigo. Pero bueno, dicen que son etapas de la vida.

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