viernes, 11 de octubre de 2013

Son momentos absurdos con tu risa como banda sonora; esa que aún escucho si cierro los ojos y agudizo los oídos; esas cuatro horas perdidas del día en que se pensaba en todo, pero en realidad, tu niñerio pegaba una patada a mis problemas y se centraba en recordarme que nunca me gusto eso de crecer. Verte, despeinarte, recordarte que ese día el cepillo no había sido tu despertador; o recordarte que hay perdiciones que se conocen en un portal y que cualquier hora era buena. Una frase era suficiente a veces, pero sabía que detrás de ella había muchas horas de colcha, de sinsentidos en una hoja de papel, e incluso, alguna que otra noche de la que se podía prescindir. Pero conocía cada uno de tus puntos cardinales y el punto en el que te podia hacer reir; y donde podia doler. Lo mejor empezaba con tus palabras mágicas para que cayera rendida a tus palabras, a tu forma de escribir los momentos desde que escribias con letra choni; hasta que normalizaste tus fotos a una mezcla de niña pija yonki. Y aqui sigo siguiendo tus pasos y preguntandome si todo te va bien; seguiras trayendo de cabeza a muchos; y otros tantos Chuck Bass falsos que intentaras olvidar con litros de agua envenenada; y ese vicio incansable por fumarte los malos sentimientos. Ya no me rió del sexo, pero tampoco del amor; no hay calentones con risas al teléfono por estudiar literatura; se acabaron las fórmulas contra la rutina. Creo que prescindir de eso no me importa tanto, pero tu me faltas B.

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