sábado, 11 de mayo de 2013

El frío tiene esa manía de colarse por cualquier rendija que encuentre, donde nunca es llamado, no le importa lo que los demás piensen, si le quieren o le necesitan. Él se posa en el cuerpo que quiere, se desliza por su piel, su cuello, acaricia sus labios, y le gusta como se le pone la piel erizada; que se note su presencia, aunque le maldigan e intenten ignorarle con capas de secretos, culpas, miedos, y alguna que otra manta. Ahí sigue él, encontrando su sitio en el mundo. Sabe que ya ni el calor le hace sombra nunca, que siempre llega el momento que congela la sangre, poco a poco y sin que se note; de frío hierve la sangre y fabrica nudos en la garganta de tamaños insospechados, achanta a sus victimas, se alía con el miedo para acabar con la confianza, con todo lo ganado hasta entonces. Y le dejas ganar la partida porque ha acabado con tus fuerzas, y ya no te quedan ganas. Todos los temores que habías guardado salen a relucir cuando más débil estás, y ya no entiendes ni para que se fabricaron los espejos, no te gusta lo que reflejan, y ni siquiera te crees que a alguien le pueda gustar lo que tú ves. Solo es un mal día que el frio ha aprovechado para jugar.

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